martes, 4 de diciembre de 2012

Peregrinando por el Parque del Retiro de Madrid


Supongo que en mi precipitación, debí suponer que la historia, en honor a la verdad -al menos, a la verdad cronológica, que generalmente suele ser menos falsa que la verdad histórica- no empezaba en el lugar donde un envejecido Hombre de Hojalata evocaba con su música el mundo de ensueño que todos suponen situado en algún lugar del arcoiris. Tampoco el peregrino se vio abducido por un inesperado tornado surgido de la nada -lugar del que suelen venir todas las sorpresas-, como Dorothy, la niña del cuento -siempre me he preguntado, por qué las mejores aventuras están siempre protagonizadas por una niña, llámese ésta Dorothy, Alicia o Mafalda- sino que se levantó temprano esa mañana de domingo, después de haber soñado con una afortunada tirada, en la que los dados -generalmente caprichosos en cuanto a suertes, como si la mano que actúa detrás de ellos pensara que todos los hombres somos toreros- habían sumado un bingo, llevándole directo a una Casilla Oca. Lejos de tirar por tirar, sino porque le toca, es cierto que el peregrino pensó que tal vez esa diáfana claridad que atravesaba con fantasmales efluvios el cristal de la ventana, pudiera deberse a un sol que últimamente parecía amedrentado por unas nubes que, a semejanza de grandes odres, amenazaban con terminar definitivamente con la agonía de unos campos que aún sufrían las taquicardias asfixiantes del verano.
El sol, evidentemente, era engañoso. Lo supo apenas puso los pies en la calle y la primera bofetada de un aire gélido como el aliento de la Parca, tensó los músculos de su cara de la misma manera a como un maestro lo hubiera hecho con las cuerdas de su guitarra española. Decidirse a jugar el Juego de la Oca, conlleva buscar, necesariamente, los lugares mágicos de cualquier ciudad. En una cosmopolita e isidriana Magerit, hay muchos lugares mágicos, después de todo. Pero quizás, ninguno sobresalga tanto ni sea tan especial, como el Parque del Retiro. No hay elección, pensaba el peregrino, mientras el traqueteo del metro lo acercaba inexorablemente a su destino, realizando el tránsito de estación en estación. Sabía que, una vez comenzado el juego, los jugadores desarrollan la partida en función de sus habilidades, pero también sujetos a sus costumbres.
El peregrino solía visitar el Parque del Retiro en contadas ocasiones, es cierto, pero siempre que lo hacía, por alguna extraña razón que ni él mismo conseguía explicarse, penetraba en el recinto mágico por aquélla entrada a los infiernos bautizada, curiosamente, como la Puerta del Ángel Caído. Tal decisión conllevaba un riesgo, naturalmente, y el peregrino no sólo lo aceptaba, sino que también lo asumía a pecho descubierto. Y lo hacía, porque el propio juego, y en su defecto las normas universales de aprendizaje, así lo exigían. No hay triunfo sin riesgo, solía decirse a sí mismo, no tanto para darse ánimos como para cultivar su objetiva visión de las cosas. Una visión que, en resumidas cuentas, y equivocada o no, formaba parte, no obstante, de su Verdad personal.
Resultaba una visión sublime, pero triste a la vez. El otoño, como el gran transformista tragicómico que es, estaba interpretando su papel con escrupulosa atención al guión impuesto por una gran directora de la que nadie se acordaba nunca en la entrega de los Oscars: Madre Natura. Los tonos bermellones, contrastaban notablemente con el verde peremne de otros árboles tocados por la fortuna de la lotería de la vida. Recordó -¿cómo no hacerlo, si aún de pequeño se le saltaban las lágrimas al leerlo?- el cuento del pajarillo con el ala rota al que rechazaban todos estos árboles que ahora, y en la mente comparativa del peregrino, le recordaban el proceso de crecimiento de uno de los insectos más interesantes y bellos del mundo: el lepidóctero. Sólo que al revés. La mariposa, adulta y hermosa en toda su plenitud, vuelve a su estado de larva y fenece en la crisálida a la espera de una nueva transformación en la única rueda que nunca detiene su camino: la rueda de la evolución. ¿Puede un jugador estancarse definitivamente?, pensó a continuación, a escasos metros de la estatua que el escultor Ricardo Bellver dedicó a aquél que, en opinión del peregrino, fue el primer peregrino universal: Lucifer. ¿Cómo puede alguien, cuyo nombre es Portador de la Luz, haber caído en la casilla de la cárcel -o en la costilla de Adán- y permanecer en ella por los siglos de los siglos, independientemente de la palabra Amén?. El orgullo, murmuró el peregrino para sus adentros, mientras contemplaba el gesto de rabia del Ángel -¿o era, quizás, de dolor, de impotencia, de arrepentimiento?- enmarcado en el esplendoroso fondo dorado que formaban las hojas de los árboles situados detrás de la estatua. Resultaba una estampa, en absoluto exenta de elegancia, que hizo que el peregrino recordara que hasta incluso para la arrogancia, el Karma Divino, incomprensible pero sumamente sabio cuando no eficaz, movía ficha para que todo, o todos, tuvieran, al menos una vez, su particular minuto de gloria. Pero de haber continuado subyugado por el magnetismo de la escena, el peregrino tal vez hubiera compartido ese minuto de gloria con el viejo y solitario Lucifer, pero al hacerlo, también se hubiera dejado seducir y habría perdido irremisiblemente el rumbo de su propia partida.

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En el centro del Laberinto -o de la Espiral, que en el fondo, no deja de ser también otra forma de laberinto-, como en el mágico tablero del Juego de la Oca, hay también un jardín y un estanque. Para continuar jugando, el peregrino era consciente de que tenía que llegar hasta él, y encontrar a esa oca de la fortuna, que le permitiría seguir avanzando, porque a pesar de todo, y también de los años que llevaba caminando, ésta, no obstante, no era sino otra etapa más de un Camino en el que siempre tenía la extraña sensación de realizarlo en círculos, como la misma Tierra alrededor del Sol.
Ahora bien, dado que había numerosos senderos para llegar hasta ese Centro de Poder -qué poco le gustaba esta palabra al peregrino, sobre todo cuando se aplicaba al Mundo del Espíritu- y todos ellos con características parecidas aunque nunca iguales, el peregrino supo -como aquél que provisto de esclavina y bordón, planifica la ruta a seguir para acceder a la búsqueda de sí mismo de la mejor manera posible, aunque sus pasos le lleven hasta el Campus Stellae o incluso más allá, al Finis Terrae- que tenía que elegir. Su elección, probablemente, formaba parte de la historia personal del Hombre de Hojalata, independientemente de que su alma, lordbyroniana y romántica, se hubiera decidido de inmediato por seguir ese sendero que, posiblemente más corto y casi por completo tapizado de hojas caídas, le hizo sentir el ataque feroz de la nostalgia frente al recuerdo de que, por mucho que nos duela reconocerlo, nada es eterno y todos, en cierta medida, nos hacemos eco de las palabras de Mircea Eliade, buscando el eterno retorno. La eternidad es como un parpadeo en el ojo de Dios, recordó haber leído el peregrino, quizás en uno de los textos sagrados del hinduísmo, como el Baghavad Gita, aunque en realidad, tampoco estaba seguro de ello.
Sintió, no obstante, que su historia para alcanzar la casilla oca que le estaba aguardando, estaba conectada a la sonrisa -quizá feliz, quizá burlona- de unos ojos que le miraban desde la eternidad del mármol; a dos seres imposibles, pero generosos, que sujetaban, encerrados en la vileza de un escudo, los dos símbolos primigenios de Madrid: el madroño y la Osa que todavía lloraba contrita la muerte súbita del anuncio de Tío Pepe que había acampado toda la vida por encima de la Puerta del Sol. Y por supuesto, a la oca, que nadaba feliz en unas aguas que, pensó el peregrino, por un momento parecían haberse teñido con el color del cielo.
En el monumento de homenaje a la ilustre figura de Jacinto Benavente, las Artes Escénicas, reconvertidas en una delicada fémina de bronce, elevaban hacia el infinito una careta. ¿Puede haber un símbolo que mejor represente a la raza humana?, se preguntó el peregrino, colocándose la suya al abandonar el Lugar Mágico.

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2 comentarios:

KALMA dijo...

Hola! Con el tiempo que hizo el finde casi mejor ver el jardín del buen retiro en foto, jeje, es ¡¡¡Precioso!!! Me gusta en todas las estaciones pero reconozco que el otoño lo hace si cabe más mágico, el rojo de sus hojas caducas, mezclado con los verdes pinos incluso algún rojo fruto del madroño, el crujir de las hojas secas... En invierno se hace más silencioso como la escarcha pero mucho más íntimo... En primavera se viste de mil colores y pasear por San Isidro por su rosaleda es tradición y en verano, cuantas tardes a la sombra de algún árbol centenario a la par que me preparaba la oposición... Y aunque parezca morboso y dado que has usado la música del Titanic te diré que EL BUEN RETIRO es mi vida y también, será mi muerte, ahí se confundirán muy, pero que muy tarde, mis cenizas con el viento.
Y por darle un aire "románico" festivo, no le has echado la "afoto" a unos de los pocos restos de románico que tenemos en Madrid, me refiero a la iglesia de San Isidoro que en vez de estar en Ávila está cerca de la puerta de salida de la c/ Alcalá, por ponerle la pega...
Besotes!!!

juancar347 dijo...

Hola, bruja. Conozco bien al peregrino y sé, porque así me lo contó, que se acordó de ti cuando realizaba esta etapa. Y también sé que sabe lo mucho que te gusta este parque y lo bien que te lo conoces. En realidad, en esta ocasión, el peregrino emprendió una etapa corta, pues, como cuenta en su historia, se dirigía hacia ese lugar oca que es el estanque, para continuar participando en esta apasionante aventura vital que es el Camino, evitando la tentación de platicar en exceso con el Ángel Caído y caer en la tentación del orgullo. Puede, también, que el sueño que le gratificó con una casilla oca, simplemente le llevara por este otro camino para formar parte de la historia personal del Hombre de Hojalata. No me comentó nada de tu deseo sobre las cenizas, seguramente porque el peregrino, después de todo, y aún con todos sus defectos, es un personajillo provida y sabe, o mejor dicho, intuye, que aún te quedan muchos vuelos en escoba. No vio la iglesia de San Isidoro, es cierto, pero salió a una calle que tampoco desmerece -la de Alfonso XII- enfrente de un lugar que es,en sí mismo, todo un Laberinto artístico: el Museo del Prado. Luego anduvo calle abajo, hasta llegar a un lugar también mágico: la Cuesta de Moyano, donde el peregrino siempre ha encontrado a muchos de sus mejores amigos. Por cierto, tampoco olvidó aquélla tarde en que se tomó una cerveza con una bruja, sentados en la terraza que hay enfrente de donde el Hombre de Hojalata entonaba en su saxofón los acordes de En algún lugar sobre el arcoiris...En el fondo, y aunque no lo parezca, este peregrino no deja nunca de ser un auténtico sentimental. Un abrazo