domingo, 24 de febrero de 2013

De Liébana a Covadonga



'No se puede recorrer la tierra lebaniega sin sentir emoción, sin sentir la vida que palpita en ella; en sus montañas, en sus estrechos valles, en sus sendas y caminos milenarios, en sus graciosos pueblecitos, colgados como nidos de águilas en los escondidos rincones de las montañas...Parece como que se respira el heroísmo y la espiritualidad de siglos de incomparable grandeza...' (1)

Quien haya estado en la Liébana, siquiera sea por unas breves horas, estoy seguro de que sabrá aceptar y dar por veraces las palabras de Fray Juan Ariceta, haciendo propio el sentimiento de profunda admiración que emana de ellas. Sobre esta base, no es difícil imaginar el sentimiento que anidaba en lo más profundo del corazón del peregrino que, por los motivos que fuera, subía hasta este paraíso montañés para orar junto a la porción más grande que se conserva de la Vera Cruz, en el monasterio de Santo Toribio, antiguamente San Martín de Turienzo, para después proseguir ruta en dirección a Oviedo y la catedral de San Salvador, sin olvidar, por supuesto, desviarse lo suficiente en su camino y visitar el Santuario de la Santa Patrona de Asturias: la Virgen de Covadonga.
Lo hacía, siguiendo una ruta realmente de ensueño que, dejando atrás el bullicio de ciudades al menos hoy en día populosas e imposibles de transitar, sobre todo en verano, como Potes; pasaba junto a esa maravilla prerrománica de visita inexcusable, que es la iglesia de Santa María de Lebeña, donde se venera a una preciosa Virgen de la Leche, románica, similar a aquélla que, según la leyenda diera de su propio pecho la leche de la sabiduría (2) al que fuera una de las mentes más preclaras y Alma Mater del Císter, San Bernardo de Claraval; descendiera por el intrincado y sobrenatural desfiladero de La Hermida, y ya en territorio astur, continuara por Panes, siguiendo la denominada senda del Cares, con la visión a su izquierda, algunos kilómetros más adelante, de todo un emblema asturiano, como es el Naranco de Bulnes. Es de imaginar, que posiblemente se detuviera en ese sencillo monumento fechado el 8 de diciembre de 2004 en honor de don Alfonso Martínez, guía eterno del lugar, y contemplando la grandeza de tan imponente gigante natural, pensara, es un suponer, en aquéllas legendarias gestas del Camino Francés y en otro tipo de gigantes, que dieron también cuerpo a la Inventio compostelana.
Después, camina o revienta, como un Lute huyendo de una realidad sin magia, afrontaría con optimismo los, aproximadamente cuarenta kilómetros de distancia que le separaban de su meta, haciendo breves paradas en Villaverde, para visitar una de las joyas románicas existentes en el camino, como es la iglesia de Santa María, del siglo XII -también llamada de Santiago, por el caballero pintado en su ábside-, rezara una plegaria por las almas del purgatorio, en la capilla de La Estrada, que recibe precisamente ese nombre, aunque sea más conocida, familiarmente, como el Santuarín y dejando atrás Corao, ascendiera hasta la iglesia de Santa Eulalia de Abamia, donde presentaría sus respetos a los sarcófagos donde, según la tradición, recibieron sepultura el fundador de la dinastía asturiana, Don Pelayo y su esposa, la reina Gaudiosa. Y quién sabe si, siguiendo el curso de antiquísimas peregrinaciones, se detuviera también a escasos dos kilómetros del Santuario y visitara un lugar por el que pasaron y dejaron huello, otros peregrinos desconocidos, cuya mirada siempre apuntaba hacia el ocaso: Cardes y la cueva del Buxu.

 
(1) Fr. Juan Ariceta, 'Santo Toribio de Liébana y la reliquia de la Santísima Cruz', Ediciones AFAR, S.A.
(2) ¿No nos recuerda este detalle, el antiguo mito celta de la poción mágica de Corridwen, la bebida de cuyas gotas, en número exacto de tres, ofrecía la sabiduría y la inmortalidad?.

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