domingo, 4 de agosto de 2013

El románico perdido de Allariz: la iglesia de San Pedro



Su visión, después de todo, causa cierta desazón, pues una vez que el viajero, el peregrino o simplemente el curioso dedican parte de su tiempo a callejear por el casco antiguo de Allariz y recalan en esta calle Hortas -nobleza obliga, y aunque ya lo he dicho varias veces a lo largo de las últimas entradas, buena ocasión se presta para repetirlo aquí también- que recuerda a aquél otro templo zamorano de Santa María de la Horta, resulta poco menos que imposible no intentar imaginarse cómo pudo ser este templo en sus inicios, allá por los siglos XI-XII. Es posible que, si tomamos como modelo la iglesia de Santiago y nos fijamos en lo único que ha sobrevivido en ésta otra de San Pedro, lleguemos a la conclusión de que ambos templos debieron tener, si no un parecido gemelo -referencia que siempre ha gozado de buena salud en los antiguos misterios, y no sólo astrológicamente hablando- sí al menos la acción ejecutiva de esos misteriosos gremios de canteros que participaron en la elaboración de los recintos cultuales de la ciudad. Una expansión de medios y recursos, quizás proveniente -como afirma socarronamente Juan Eslava Galán (1)- de las parias tributadas a las taifas, recurso que sin duda proveyó de suculentos dividendos a los reinos cristianos, antes de que el califa de Sevilla decidiera romper el equilibrio existente hasta entonces, llamando en su auxilio a las temibles y fanáticas hordas de almorávides, que algunos años después de Alarcos, fueron providencialmente derrotadas en la famosa batalla de las Navas de Tolosa. Es sólo una especulación. Una especulación que se une, de hecho, a ésta otra, donde volvemos a encontrarnos aquí, en ésta portada sur y única sobreviviente del antiguo caché románico que caracterizaba al templo de San Pedro, con esos curiosos lobos que, rodeando a un inmutable individuo, parecen estar susurrándole un mensaje en clave; un mensaje, quizás destinado, como mapa y guía, a los compañeros que habrían de venir después, quizás siguiendo esa gran aventura que, sin duda, es el Camino de las Estrellas. Posiblemente, a esos enigmáticos compagnons -nunca me cansaré de repetir tales adjetivos, con respecto a las hermandades de canteros- que, como ya se dijo en la entrada anterior dedicada a la iglesia de Santiago, se calificaban a sí mismos, con el nada despreciable apelativo de lobos devorantes.


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Otro detalle que llama la atención, y en el que se recomienda fijarse, a pesar de que, como se dice proverbialmente, las comparaciones resulten odiosas, es la figura de esos curatos, con el Libro abierto, encajonados entre las arquivoltas, motivo para nada desconocido en el románico orensano, que nos volvemos a encontrar en esa especie de Porta Speciosa, que da acceso al claustro del maravilloso monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil, enclavado, como su nombre indica, en pleno corazón de la denominada Ribeira Sacra. Un recurso que, dado su carácter simbólico, bien pudo ser utilizado como una invitación a penetrar en el templo a todo aquél que quisiera escuchar la Palabra de Dios, una vez tranquilizados y puestos a buen recaudo esos paganismos ancestrales que el alma vital del gallego, no obstante, jamás ha podido olvidar. Quizás por este motivo los canteros, sabiamente, decidieron dejar a un lado la típica y monstruosa figura que, a modo de Asmodeos guardianes -que para algo el Templo de Salomón fue siempre modelo de modelos- implicaban una terrible amenaza en el espíritu doblegado de superstición de los fieles.
Curiosamente, y para terminar este breve recorrido por esa tristeza implícita que da título a la presente entrada, bueno es recordar que junto al templo se levanta el monumento a unas figuras ancestrales, no ajenas al misterio y al fascinante mundo de la astrología y sus correspondencias, como son las figuras de bueyes y boyeros.

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(1) Juan Eslava Galán: 'Historia de España contada para escépticos', Editorial Planeta, S.A., Edición actualizada, 2013, página 130.

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