domingo, 27 de octubre de 2013

Bouzas: petroglifo cristianizado


Uno de los detalles más fascinantes de Galicia, al menos en mi opinión es que, sin importar la provincia ni tampoco los motivos que te lleven a pisar su ancestral suelo, el destino parece tener una rara facilidad para tender celadas, haciendo que caigas en las redes del misterio en cualquier recodo del camino. Dejándonos llevar por él, y continuando con los pormenores de ésta auténtica ruta mágica por tierras aurienses, dejada atrás la singular iglesia prerrománica de Santa Eufemia de Ambía -levantada, según todos los indicios, como ya se aventuró en la anterior entrada, sobre un antiguo Ninfeo, donde todavía parece que se conserva como soporte del altar, el exvoto que Aurelio Faos Tamacano, ciudadano del Imperio, dejó en honor de las ninfas, seguramente aliviado y agradecido por la curación de alguna dolencia-, difícil sería continuar camino haciendo caso omiso de una sencilla señal, que apenas dos kilómetros más adelante, en Bouzas, tienta al viajero con una única pero sugestiva palabra: Petroglifo.
No es necesario ser pesimista, ni adentrarse nervioso por la carreterilla que indica la señal; tampoco es necesario ir con el ojo avizor, mirando a un lado y a otro las singularidades del terreno que se va recorriendo, poniendo especial atención a las posibles rocas que, como muelas melladas surgen de la tierra, temiendo dejar atrás el vestigio protohistórico y terminar la búsqueda frustrados. Como indica la señal, a un kilómetro, aproximadamente, el viajero sabrá perfectamente que ha llegado a su destino y que lo que está buscando, está convenientemente señalizado: un crucero y una ermita, así lo indican. Se trata también, como tantos y tantos otros, de un lugar debidamente cristianizado. Ahora bien, que tal detalle no dibuje una nota de nostálgica desilusión en el rostro de nadie, porque después de todo, tal cristianización, si nos dejamos llevar por el simbolismo, quizás nos muestre algún detalle interesante sobre el que polemizar.
En efecto, el petroglifo existe; y como tantos otros de su especie, ya nos plantea un reto. Puede que un reto que conocían, también, los canteros medievales, pues no deja de aparecer en muchas de sus obras: el laberinto. Un laberinto circular, similar a esos otros conocidos como triple recinto celta, que tanto abundan en la cultura megalítica, dentro y fuera de un Occidente, que todavía tiene mucho que escribir en las páginas más tempranas de su abismal Historia. Está en la base central de la roca, y alguien, sin duda pensando en la antigua costumbre celta de depositar monedas en las fuentes, dejó -quién sabe con qué intenciones- una moneda de cinco céntimos de euro, en el punto central. No hay otros símbolos a su alrededor; quizás por eso, su trascendencia, su mensaje olvidado, sea un suspiro más en el ancho mar de lo incógnito, muertos hace milenios, los que podrían haber interpretado la señal.
Por otra parte, no parece que la ermita y el crucero, tengan la edad suficiente como para haber cogido esa venerable pátina con la que el tiempo suele gratificar a los objetos antiguos, más todavía si éstos están expuestos a las caricias de los cuatro vientos. Pero resulta interesante su simbolismo. Antes de ello, sería conveniente observar el soporte sobre el que se levanta el crucero, y ver en su genuino y quizás mágico equilibrio, un paralelismo -a menor escala, desde luego- que ese que hace también famoso otro impresionante lugar megalítico de la provincia de Lugo: las Penas de Rodas, en el concejo de Outeiro de Rei. La representación del crucero, a la postre, puede resultar de lo más corriente, si no se tiene en cuenta que los pies del Cristo martirizado, descansan sobre una calavera. Calavera que nos recuerda, o nos debería recordar, esa vieja historia que cuenta que de la tumba de Adán, brotó un árbol; árbol que, independientemente de la de la complicada historia del de Jesé, sería utilizado en el futuro como el instrumento en el que Cristo sería finalmente ejecutado y crucificado. Vuelve a llamar la atención, y creo que no es muy frecuente verlos en la temática de la mayoría de los cruceros gallegos, la presencia de un ángel arrodillado ante la cruz, con una copa o grial en la mano, recogiendo la sagrada sangre que brotó de las terribles heridas. Un tema que vuelve a traernos a la memoria, las antiguas gestas de los caballeros medievales -entre los que habría que contar a los siempre enigmáticos templarios, y no digo que el crucero y el lugar tengan relación con ellos- y su eterna búsqueda. La Tradición, pues, nos vuelve a golpear la cara, trayéndonos, en el lugar más insospechado, la referencia a uno de las reliquias más misteriosas de la Cristiandad, a pesar del aparentemente poco interés demostrado por la Iglesia hacia él: el Santo Grial.
En fin, cada uno es muy libre de opinar como mejor considere. Pero el hecho es que, una visita al lugar -independientemente de que se pueda encontrar en las inmediaciones a alguna pareja, digamos que descansando en el interior del coche- no deja de resultar, a fin de cuentas, parte de una experiencia mágica que, a fin de cuentas, puede que en Galicia signifique siempre algo más.

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