sábado, 9 de noviembre de 2013

La iglesia de San Salvador de Vilar de Donas


Estoy plenamente convencido, de que este templo de San Salvador de Vilar de Donas, es uno de los ejemplos más singulares, simbólicos y misteriosos de cuantos elementos conforman esa maravillosa universidad mistérica que es, después de todo, el Camino de Santiago. Es una pena, así mismo, que la bondadosa locuacidad del respetado párroco de O Cebreiro, don Elías Valiña -que en merecida paz descanse-, no le haya dedicado a este fascinante lugar más que unas breves líneas, que se antojan indiferentes ante la importancia de su dimensión. En ese sentido, causa estremecimiento pensar que incluso el propio lugareño que amablemente abre unas puertas cuyos maravillosos herrajes se remontan, como en la catedral de Lugo, al siglo XIII, posea una locuacidad tan certera, que el visitante experimente verdaderos apuros para seguir la línea de una conversación que se hunde, cuando menos, en esos misteriosos inicios de lo que fuera, allá por el siglo XII, un monasterio fundado por monjes irlandeses. Y tampoco ha de escandalizarse nadie, si el propio lugareño, con aires de entendido, señala, observando de reojo, esos nudos típicamente celtas; esas formas dentadas que recuerdan las olas del mar, quizás esas mismas que separan Galicia de Irlanda; y ese inequívoco símbolo solar, como es el cardo, que recuerdan, a todo aquél que la conozca, esa tradición tan viva todavía en el Monsacro asturiano, donde siguiendo la costumbre de la famosa coplilla, al que lo entrega le sirve de alivio y al que lo recibe le supone un regalo. Después, cuando se percata de que el visitante ha tomado buena nota de su observación, y a bocajarro, le pregunta si quizás ese ajedrezado que se observa también en la portada, es origen lombardo o musulmán. Y este se queda a escuadra, porque, en el fondo, no sabe a ciencia cierta a qué santo o diablo encomendarse, y acudiendo a ese más o menos lleno baúl de los recuerdos, intenta salir del paso, aludiendo que conoce a cierto profesor de lengua, residente en Málaga y de nombre Jesús García Castrillo, que mantiene unos muy interesantes puntos de vista sobre los orígenes armenios del románico. Pero las sorpresas no se quedan, en absoluto, de puertas para afuera, sino que, muy al contrario, cuando se franquea el umbral, aguijoneada el alma para aspirar las desesperantes fragancias del misterio, es cuando realmente uno se da cuenta de que la aventura apenas acaba de comenzar, y de que la Historia, Dama burlona donde las haya, no ha sino de mostrar su descarada voluptuosidad, escupiendo rudamente a la cara detalles de inequívocas referencias, que le hacen preguntarse por qué un lugar, con tan inequívocas referencias mistéricas y heterodoxas, quedaba, aproximadamente, un kilómetro fuera de la ruta oficial que continuaba hacia Melide, en tierras ya pertenecientes a la provincia de A Coruña. Posiblemente, escudriñando esas primorosas y viejas lápidas de caballeros santiaguistas, uno entienda que hacer referencias a esos puñales con las empuñaduras terminadas en forma de pata de oca; esos símbolos de conocimiento y también de reconocimiento que son perros y leones; ese supuesto árbol del Diablo, grabado en la basa de la columna izquierda absidial -en la basa de la derecha, se observan inequívocos símbolos solares-, o ese misterioso baldaquino, coronado por un templete sobre el que predomina un castillo -¿quizás una referencia al cercano castillo de Pambre, el único que no fue conquistado cuando la revuelta irmandiña?- y que, según se cuenta, albergó los restos mortales de un relevante personaje sanjuanista, entienda por qué -es sólo una suposición, de manera que nadie se tire de los pelos, pues mi respeto hacia el buen párroco es certero y sentido- don Elías Valiña, decidió no extenderse más que para añadir una relación con el lugar de dos reyes bien singulares: Alfonso IX y Fernando II. Este último, desde luego fue uno de los introductores -posiblemente aleccionado por el conde de Traba- de los templarios en Galicia. Quizás, como me consta por la información proporcionada por un buen amigo -Rafael Alarcón Herrera- todo se debiera a una simple cuestión de espacio, requerida por el editor. Pero se me hace cuesta arriba creerlo, sobre todo cuando uno se acerca al ábside a contemplar esas maravillosas pinturas góticas, y se encuentra, junto a la figura de Cristo descolgado de la cruz, no sólo curiosas representaciones mandálicas, sino también, y en número de cuatro por lo menos, de esos misteriosos, simbólicos y risueños dioses celtas que, presentes no sólo en las representaciones románicas y góticas, sino de estilo más actuales, se denominan vulgarmente como hombres verdes.
Cuando uno sale del interior del recinto, pensando, a la vez, que la presencia de tanta cruz patada sólo sea una simple y típica forma de consagración de la iglesia, no deja de preguntarse, pesaroso, cómo hubiera sido el lugar en esos siglos oscuros, cuando abundaban los dólmenes alrededor y los dioses de la Antigua Religión campaban alegremente, festejados oportunamente, por la sabia determinación de unos hombres que brillaron por su acopio de Sabiduría y Conocimiento: los Druidas. ¡Lástima que su fuerte, no fuera el pergamino y la escritura!. Ahora que, después de todo, ¡quién sabe!, quizás no todo se haya perdido y en la piedra, cuando volvamos a aprender ese lenguaje de los pájaros con el que fue escrita, nos llevemos la supina sorpresa de volver a encontrárnoslos.

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