lunes, 9 de diciembre de 2013

Dos perlas en el Camino: el Crucero de Marrubio y la Capela de San Antón


De oca a oca y tiro porque me toca. El Camino, dentro o fuera de los senderos tradicionales de peregrinación, es infinito y reserva numerosas curiosidades y maravillas, las cuales, como diría el escritor Juan Eslava Galán, merece la pena conocer y visitar, al menos una vez en la vida. Es por ello, que propongo un pequeño desvío, y una vez adentrados en la vecina provincia de Orense, tomar la dirección hacia Montederramo y las estribaciones de la Sierra de San Mamede, para contemplar una pequeña obra de Arte, de las pocas que quedan de su género y características en Galicia: el cruceiro de Marrubio y la anexa Capela de San Antón. La recomendación, obviamente, sería hacerlo sin prisa, dejando vagar al espíritu a su libre albedrío, disfrutando intensamente del entorno y de las sensaciones que nos sugiere, si bien es verdad, que cuando lo visité, a primeros de septiembre, el fuego -ese terrible dragón moderno, por lo general despertado intencionada y criminalmente-, había hecho algunos estragos por la zona.
Siguiendo las antiguas tradiciones, tanto el cruceiro como la capilla, están situados en una confluencia de caminillos rurales. Posiblemente, en el lugar donde se levanta ésta, hubiera una anterior -y en este punto, reconozco que me dejo llevar por mis propias sensaciones.-, oculta por un primitivo bosque de connotaciones sagradas para las culturas celtas, del que apenas queda rastro, tanta ha sido, no obstante, la influencia posterior del hombre sobre el entorno, pero que había que cristianizar. Un entorno que, por sus características y los nombres de lugares y santos que lo definen, sugiere todo un mundo de curiosos, cuando no misteriosos secretos: Montederramo, Outeiro, Nogueira, Castro Caldelas, San Payo, San Antón, San Pelagio, además de contar con la inolvidable cercanía de una zona eminentemente fantástica e insuperable, como es la Ribera Sacra (1).
El cruceiro, datado, según la estimación de los carteles informativos, en el año 1778, forma parte de un curioso conjunto formado por tres elementos singulares: el propio cruceiro y dos petos de ánimas, o huchas de almas, como también se les llama. Posiblemente, su excelente estado de conservación se deba a estar cubierto por un baldaquino, lo que le ha salvado de los rigores del clima, y en él, el artista que lo esculpió, pareció querer dar una significación especial, o aparentar un momento íntimo y místico a la vez, entre las figuras del santo titular, arrodillado a los pies de un Cristo crucificado en una significativa cruz de gajos. En contra de lo habitual, la figura mariana está fuera del ámbito de la escena, y sí aparecen, como señalando hacia los distintos puntos cardinales, unas curiosas cabezas que, figurativamente, podrían representar a los cuatro vientos -conocidos como los Cuatro Hijos de Horus, en el Antiguo Egipto-, a los cuatro evangelistas, las cuatro fases de la luna, los cuatro elementos básicos o, siguiendo incluso antiguas tradiciones, representar a los propios canteros que lo tallaron. Quién sabe. Pero, lejos de cualquier especulación, lo que sí resulta evidente es que, aparte de cristianizar un antiguo lugar de culto pagano, se trata de una pequeña maravilla, que merece la pena conocer. Sobre todo, si antes de la visita se ha tenido la oportunidad de visitar cumplidamente el monasterio de Montederramo y paladear la deliciosa comida del restaurante que está junto a la entrada. Y si la compañía es perfecta, el viaje, sin duda, no resultará sólo interesante, sino también mágico.

 
(1) O mejor aún, Roboyra Sacrata, a juzgar por la antigua nomenclatura descubierta por la que fuera guardiana de Montederramo hasta época reciente: Ana Méndez Trabado.

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