jueves, 23 de octubre de 2014

Un pueblo y una parroquial: San Salvador



Como colofón a esta pequeña aventura por el siempre interesante entorno de los Montes Torozos, por la mente inquieta del peregrino circula el recuerdo de un pequeño pueblo, que lleva idéntico nombre que su iglesia parroquial: San Salvador. San Salvador, es un pueblecito castellano –de esos que duermen la siesta en la canícula al compás de las melancólicas cigarras-, situado entre Vega de Valdetronco –todo el que llega a su altura por la autovía de La Coruña, observa con curiosidad el armazón de una antigua iglesuca, situado prácticamente a pie de carretera-, y Torrelobatón, localidad de cierta importancia que, no obstante, parece relativamente pequeña en comparación con la fantástica mole de su bien conservado castillo medieval.
De románica medievalidad –recuerda gratamente el peregrino-, es la planta de la parroquial. Una parroquial, que a pesar de las reformas que se evidencian actualmente en su conjunto, puede presumir, desde luego, de mantener hasta cierto punto intacta esa mencionada solera artística románica, definitivamente perdida en otros pueblos del entorno, como el mencionado Vega de Valdetronco, Gallegos de Hornija, Villasexmir, el propio Torrelobatón e incluso, algo más allá, y antes de llegar a Wamba, el pueblo de Castrodeza, por no olvidar mencionar, de paso, a Peñaflor de Hornija, de cuya parroquial románica, casualmente dedicada también a la figura del Salvador, apenas quedan unas ruinas no exentas de cierto entrañable romanticismo.
Es esta aparentemente coincidencia en la advocación, la causante de que a la memoria del peregrino acudan recuerdos de las antiguas rutas peregrinas; aquéllas que, denominándose precisamente así –Ruta de los Salvadores-, encaminaban por lugares de misterio a los peregrinos que emprendían el Camino del Conocimiento en su ruta hacia el Oeste, siempre hacia el Oeste, en cuyo Finis Terrae, aguardaba –simbólicamente hablando-, la etapa final, la añorada Casilla 64, el Jardín de la Oca. O lo que es lo mismo: ese concepto tan sufí de Unicidad y retorno a la Fuente.
Por otra parte, si los peregrinos de antaño encontraban mensajes trascendentes en el alma de la piedra de esta arcana iglesia, en la actualidad, bien es cierto que su silencio es un olvido relativo, pues como muy bien demuestran los pequeños capiteles historiados del ventanal de su ábside, es de suponer que haberlos húbolos.
 
Aun así, el peregrino siente cierta nostalgia en el alma mientras se aleja del lugar, tarareando para sus adentros aquéllos inolvidables versos de François Villon, que nunca han dejado de preguntarse a dónde fueron las nieves de antaño.

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2 comentarios:

KALMA dijo...

Hola peregrino, la vieja Castilla tiene esos pueblos, esos paisajes dorados, que siempre, cuando los dejas atrás, te generan esa nostalgia, son como un canto al pasado.
Sabes, a la pregunta, de donde fueron las nieves de antaño, te puedo contestar que en este blog nieva hasta en verano. Un beso.

juancar347 dijo...

Hola, bruja. Es verdad, a Castilla le pasa lo que al demonio, que es sabia por vieja y esconde tantas y tantas maravillas, que cuando te alejas siempre tienes la sensación de que parte de tu alma que se ha quedado allí, en algún lugar de los infinitos caminos que la recorren en las cuatro direcciones. Muy ocurrente, ja, ja, las nieves de antaño, quizás sea ese gran enigma el que me induce a buscar la nostalgia de los lugares blancos, aunque sea fuera de temporada. Un abrazo