lunes, 6 de julio de 2015

Sirenas del Gran Estanque


Siguiendo con ese aparente, inadvertido pero simbólico triunfo del paganismo, y sin dejar, al menos por el momento, esa genuina magia de atracción del agua y sus criaturas asociadas, bueno es detenerse un instante y pensar en aquéllas historias cantadas por los grandes bardos del Camino. Uno de ellos fue, qué duda cabe, ese inquieto y viajero cronista mindoniense, Álvaro Cunqueiro –aquél, que entre su prolífica prosa, dio vida a la fascinante novela Merlín y familia, ambientada en su maravillosa Galicia-, a través de cuyas crónicas y reflexiones, uno siempre recuerda que el Camino –y vuelvo a insistir en lo que ya comentara anteriormente, con respecto a las fuentes-, es un lugar de encuentros insólitos, de sucesos prodigiosos y de señales más o menos certeras, donde recuperar la venerable mediatidad de los viejos mitos que siempre han acompañado a la humanidad como una segunda sombra. Tan antiguo como los mitos de la Creación, el tema de las sirenas, así mismo, ha despertado siempre las más encontradas de las fantasías, hasta el punto de que hombres ilustrados, como el padre Benito Feijoo –que independientemente de que sea discutible, la credulidad no tiene por qué ser sinónimo de ignorancia o de tachón cultural-, creía en ellas a pies juntillas, cual Ulises cuyos oídos se hubieran dejado eternamente encandilar por la pasión generada por sus embriagadoras e irresistibles canciones. Pero no deja de ser simbólicamente fascinante el tema, además –porque de hecho, recoge uno de los interminables mitos asociados a ese arte tan afín a los caminos, que fue el románico, que tanta pasión genera hoy en día, pero que tan vilmente ha sido vapuleado por la incomprensión y la ignorancia a lo largo de los siglos-,  si lo meditamos bajo el punto de vista de esa visión de Cunqueiro, cuando nos habla de la encantada Ayfir, sirena del agua, y nos plantea, a continuación, la pregunta clave del origen del mito: ¿no se llevará agua al aire, para morar allá esos siete años en que es como ave ? (1). Llegados a este punto, reconozco que no soy muy peregrino en mi ciudad –quizás sea mejor profeta en tierra ajena-, aunque no obstante, sí es cierto que en ocasiones, dejando el hatillo en casa pero colgándome las cámaras al hombro sin más compañía que mis más fieles compañeros de camino , que no son otros que la pluma y la libreta, me acerco hasta ese rincón donde habita la fantasía, el parque del Retiro –creo que nunca un nombre ha sido más apropiado para un parque, si exceptuamos aquél otro del Capricho, donde la nobleza madrileña saciaba su hambre de fantasía a golpe de talonario-, y acercándome hasta el Gran Estanque, contemplo melancólico a aquéllas desgraciadas sirenas que una maldición convirtió en bronce para toda la eternidad. Y cuando esto ocurre –tachesemé si se quiere de costumbrista-, recuerdo que, observando su infinita tristeza, siempre me hago la misma pregunta: ¿no será por añoranza a esa libertad absoluta que tenían cuando fueron aves?.

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(1) Álvaro Cunqueiro: 'Los otros caminos', Tusquets Editores, S.A., 2ª edición, Barcelona, julio de 2004.

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