martes, 6 de octubre de 2015

La iglesia de los Santos Cosme y Damián, de Encío


También en las inmediaciones de Pancorbo y su desfiladero y no muy lejos, tampoco, del monasterio cisterciense del Espino, así como de ese antiguo Término, en la actualidad conocido como Santa Gadea del Cid, que acabamos de dejar atrás, una visión netamente romántica sorprende a peregrinos y viajeros, haciendo bueno el refrán de que cualquier tiempo pasado fue mejor: la iglesia románica de los Santos Cosme y Damián. Perteneciente a la localidad de Encío, aunque no obstante, alejada por completo de su casco urbano, su situación, solitaria en la cima de una colina y sobre todo, su lamentable estado de conservación -a pesar de que en el año 2005 se hizo una inversión en su restauración-, hacen de este glorioso vestigio del pasado, un lugar sin duda melancólico, cuya amenaza de ruina inminente pone los vellos de punta. Vista así, en la lejanía y anclada cual arca petrea al altozano, su planta trae a la memoria otros interesantes templos, afortunadamente mejor conservados, situados en comunidades vecinas, como podría ser, por parecido razonable, el templo segoviano de Santa María de Riaza. Y algo en común debió de tener, quizás con aquél, pues de similar estructura, como se ha dicho, es de suponer que también debió de mostrar una hermosa galería porticada, en aquellos felices tiempos en que mostraba toda su hermosura y esplendor. Obvia el detalle, de decir, que de ésta no queda el menor rastro. Sí queda rastro, sin embargo, de esos alegres colores cromáticos -en este caso, rojo- en las arquivoltas de su portada principal. Sobreviven, aún a duras penas, dos capiteles en ésta, de los cuatro, al menos, que presumiblemente tuvo que tener en sus orígenes. El de la derecha, representa un motivo foliáceo, mientras que el de la izquierda, bastante más atacado por la erosión y la insensibilidad humana, muestra un motivo antropomorfo. Sobrevive, aunque fatalmente deteriorado, un pequeño ventanal por debajo de la espadaña, habiendo desaparecido tanto las columnas como los capiteles, mostrando la parte superior del arco, un bello motivo ondulado. Lisos los canecillos de los laterales, todavía conserva algo de imaginería en los canecillosde un ábside que, en vista de las resquebrajaduras que muestra, posiblemente no resista mucho más los embistes del tiempo y el abandono. Los motivos de los canecillos del ábside, se dividen entre rostros humanos, rostros monstruosos en algún caso, vegetales en algún otro, como los capiteles, y la cabeza inequívoca de un zorro que mantiene un objeto indeterminado y de forma rectangular entre sus dientes. Cabe mencionar, por su curiosidad, el canecillo que muestra dos rostros unidos, quizás referencia al siempre interesante y simbólico tema de los gemelos -recordemos que los titulares de la iglesia son precisamente eso, santos gemelos-, o quizás, sea una alusión a la conocida deidad romana relacionada con los solsticios: Jano. Además, es de suponer, por los restos óseos que se advertían, la existencia, en tiempos, de un pequeño cementerio junto al ábside. Hay, así mismo, distribuidos algunos metros por debajo de la iglesia, restos de edificaciones, tal vez, algún antiguo hospital de peregrinos. Como colofón y entrando en el mundo de la especulación, es difícil resistirse a la tentación de preguntarse -dada la advocación a los santos gemelos, la dualidad, el aislamiento del lugar, la presencia por los alrededores de antiguos vestigios precristianos, o incluso la cercanía, así mismo, de un monasterio con la peculiaridad de su nombre, del Espino-, si esta romántica ruina, que en tiempos debió de ser un espléndido templo y refugio de peregrinos, no estuvo custodiado, allá en sus orígenes, siglos XII-XIII, por esos abnegados custodios del Camino, que fueron los caballeros templarios.

[Este recuerdo pertenece al año 2012. Es más que posible, que de no haberse tomado las medidas adecuadas, de este templo no queden ya nada más que escombros. Si esto fuera así, espero al menos haber contribuido a su recuerdo, presentándolo tal y como me lo encontré en la primavera, lluviosa a más no poder, por cierto, de dicho año].

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