lunes, 11 de julio de 2016

Santa María de Fisterra


'En donde estuve, aun
en las espinas
que quisieron herirme,
hallé que una paloma
iba cosiendo
en su vuelo
mi corazón con otros
corazones.
Hallé por todas partes
pan, vino, fuego, manos,
ternura...'.
[Pablo Neruda]

En el Camino de Regreso, el peregrino no puede evitar detenerse, por segunda vez, en ésta entrañable iglesia de Santa María de Fisterra, distante, aproximadamente, un kilómetro del faro. Quizás, por una vez en su camino, se sienta menos fascinado por el estilo -gótico inglés, según algunos-, por la cruz patada que luce en su ábside y por el misterio de la pirámide que, como ha podido comprobar en su largo caminar por la celtiña Galicia, caracteriza a la gran mayoría de sus templos. Dentro de lo que cabe, el templo se le antoja como un centinela herido que da la espalda a la mar, justamente a ese brazo marino que se adentra en la tierra y cuyas olas, ahora en calma, braman en época de temporal, arrastrando a las arenas reliquias labradas por desconocidas manos en tiempos remotos. No es el caso de la Virgen del Carmen, Patrona indiscutible de esa fiel marinería que se lanza a pecho descubierto contra la furia de la mar bravía confiando en su divina protección, pero sí es el caso de otra Virgen, la de las Areas o Arenas que, encarnando el espíritu universal de la negra Guadalupe, dicen los viejos de mirada ausente y corazón henchido de nostalgia, que en las noches de luna llena se pasea por las orillas, disfrazada de Rianxeira. Y también lo es, por supuesto, del Cristo de Fisterra, llegado al lugar de similar manera para calmar la sed de milagros de un pueblo que siempre se ha mantenido reacio a abandonar sus viejas tradiciones. El peregrino saluda a ambos. Y en su fuero interno pide, como en el poema de Neruda, que en su camino no falten nunca el pan, el vino, el fuego, las manos y la ternura...

El Camino de Regreso. Breve crónica de una vuelta a casa.


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