martes, 17 de enero de 2017

Omeñaca y la leyenda de los siete infantes de Lara


Afirmaba Álvaro Cunqueiro, ese amerlinado soñador nacido en pleno corazón mindoniense –cuya arteria principal es San Martiño, considerada como la primera catedral gallega-, que Villon llamaba nieves a las bellezas del pasado (1), por lo que resulta completamente justificada su contagiosa melancolía, cuando en uno de sus famosos versos se preguntaba o echaba en cara al mundo, aquello de: ¿dónde van las nieves de antaño?. Pregunta o no del millón, es posible que exista un lugar –como el Cementerio de los Libros Olvidados, de Carlos Ruiz Zafón o el Cementerio de los Barcos Perdidos, que Charles Berlitz supone o suponía en ese imaginario Triángulo de las Bermudas-, depositario de esas nieves, testigos enmudecidas por la mácula del olvido, de cualquier tiempo pasado, fuera éste o no, mejor. Soria no es marinera, si bien por las beneméritas aguas de ese paternal río Duero, que deja atrás la ermita de San Saturno –perdón, quise decir, San Saturio-, haciendo un pluscuamperfecto arco de ballesta camino de su exilio portugués, hayan navegado muchos barquitos, emulando, posiblemente, aquél inolvidable prototipo, de papel, como Dios manda, con el que rendía tributo a su niñez otro inmortal poeta, al que cabría presentar con aquélla máxima orteguiana, aunque referida a él, a Soria y naturalmente a su circunstancia, que fue Don Antonio Machado. Soria no es marinera, como decía, pero sí es una venerable nodriza, de arrugas en la frente, negro sayal, callos en los pies y encías desdentadas –que la inmortalidad, créanlo o no, también tiene su precio-, de cuyos agostados pechos han mamado, cuando menos, personajes singulares, como Ezra Pound, a quien en Medinaceli todavía le recuerdan cuando oyen cantar a los gallos de madrugada –que bien que le xodieron el sueño, cuando hincaba rodillas en los pajares, adormecido dulcemente por el néctar de ribera-, o incluso alegres buscavidas, como Aleister Crowley –antes de seguir los pasos de Fausto, hacer de tu voluntad la Ley, inaugurar la abadía, o mejor dicho, la contra abadía de Thelema y convertirse en la Gran Bestia 666-, camino del sol de Andalucía, aunque de su presencia, dudo mucho que a estas alturas se acuerden de él en El Burgo de Osma, donde dicen que paró, como todavía hay quien jura y perjura que Ahasvero, el Judío Errante, lo hizo en la catedral de Santiago, vaya usted a saber con qué fin o motivado por qué oscuras intenciones o circunstancias.

Rancia y con restricciones, hay gotas de leche maternas, que si bien son menos divinas que aquéllas otras que mamó directamente San Bernardo de la fuente universal de la Mater, proporcionan, no obstante, parte de ese agradecido y suculento maná para el peregrino –que no olvidemos que caminos a Santiago, habélos haylos y muchas veces pasan por donde menos te lo imaginas- compuesto de grasa, lactosa y proteínas; o lo que, metafórica y comparativamente hablando, podríamos llamar arquetipos, mitos y ritos con los que alimentar, si bien no hasta la saciedad –porque aunque glotones, o cuando menos sedientos, no hemos de olvidar nunca el melancólico problema que nos plantearán, per secula seculorum, aquellas nieves de Villon-, esa inquieta bestezuela en la que a veces se convierte el espíritu. De raíces netamente celtíberas, y aparentemente anclado en esa calma chicha que antiguamente aterrorizaba a los marinos tiempo antes de que el vapor actuara de cuchillo carnicero para la vela, pensaríase –si no fuera por cuatro chapas de uralita, el tractor made in USA y el tremendo bofetón sufrido en los mismísimos cangilones románicos de la iglesia de la Asunción-, que Omeñaca y ese marine semper fidelis que es el Tiempo, firmaron un pacto de no agresión en algún momento indeterminado de la Historia, para después tirar cada cual por su camino. Olvidémonos del camino tomado por el Tiempo, que al fin y al cabo, él es quien nos busca y siempre termina alcanzándonos y en llegándonos a Omeñaca –como diría el bueno de Sancho Panza, motivado, quizás, por alcanzar su deseada  y prometida ínsula-, abrevemos nuestra sed de mitos y leyendas, si no en la fuente coronada por esa bafomética testa celtíbera –que para eso los lacayos de Sanidad en nómina de las multinacionales del agua embotellada nos recomiendan encarecidamente no beber, como también lo hacen en la fuente del rey Recesvinto, en San Juan de Baños, cuyas aguas siempre habían merecido justa fama de ser, cuando menos eficazmente terapéuticas y en todas aquellas de las que el pueblo llano se ha beneficiado toda la vida-, sí en esa arca bizantina, que algunos metros más adelante ve la vida pasar con agónica parsimonia, pero de la que hemos de aceptar como buena la aseveración de Ibo Alfaro (2), cuando decía aquello de que la tradición es la lengua de los monumentos antiguos y los monumentos antiguos son el documento de la tradición. El documento de la tradición, en el caso que nos ocupa, tiene que ver con un tiempo y una familia, que ya comenzaran a estar predestinados para formar parte de la leyenda desde aquél brumoso lugar de las merindades burgalesas, llamado Taranco –ojo al dato, amigo Watson, que Omeñaca pertenece al municipio de Arancón y esa similitud fonética podría ponerte los vellos del cuerpo como escarpias-, donde dicen las malas lenguas o las buenas lenguas o dejémoslo simplemente en tablas con la lengua de las mariposas, que se acuñó por primera vez el nombre de Castilla. La familia en cuestión, son los Lara; precisamente aquellos que andaban generalmente a la gresca por las tutelas reales, siendo conocida la que mantuvieron con los Castro por la tutela del rey Alfonso VIII, rey que debe mucho a aquellos celtíberos bien plantados de la Soria medieval que lo acogieron, lo ocultaron y lo protegieron y al que también vieron contraer sagrado matrimonio con la princesa Leonor de Inglaterra –dicen los fechistas, que tal suceso acaeció en el año 1170-, en esa otra joya bizantina de la que se enorgullecen lo suficiente, al menos como para sacar pecho cuando la muestran al foráneo, que es la iglesia de Santo Domingo, llamada, no obstante por aquellos idus alfonsinos, de Santo Tomé: ¡ver para creer!.

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Dedicada a la Asunción –figura muy socorrida, cuando se bebe el bálsamo del olvido, o en su defecto, líbranos Señor, cuando la antigua advocación libera azufres de esa vieja levadura de la que Goethe nos advirtiera, poniéndola en boca de aquél nieto de la serpiente, que fue Mefistófeles-, cuenta la leyenda, que los siete arcos de su galería porticada se abrieron milagrosamente para ofrecer refugio y santuario a los siete infantes de Lara, que fueron sorprendidos por los árabes –seguramente a instancias de una ofendida Doña Lambra, su madrastra, como parece ser que cuenta el romance paladino y bien que se lo recuerdan al forastero en Barbadillo del Mercado, pueblo burgalés del que fue regente-, mientras almorzaban en una sierra cercana, desolada, recuenco de vientos del espíritu y restos megalíticos, que desde entonces pasó a denominarse del Almuerzo.

A estos Lara, preciso es añadir de paso, perteneció Ginés o Ginesito de Lara -como familiarmente le llamaba Fernando Sánchez Dragó en su Gárgoris y Habidis-, hijo de don Nuño de Lara y de doña Mencía de Montalbán -¿no les recuerda cierta fortaleza toledana, desde donde los templarios y otras huestes partieron hacia la crucial y decisiva batalla de las Navas de Tolosa?-, quien, además, según dejara escrito el mago de Logrosán (3) en sus Cuentos de las Hespérides, fuera el último templario de Santo Polo. En las proximidades de Omeñaca y de hecho, en la vecindad de esta sierra del Almuerzo, está otra sierra, que cuenta, además, con la antigua presencia templaria, en unas irreconocibles ruinas, llamadas de San Adrián: la del Madero. Denominación que nos recuerda, no aquélla espinita a la que le cantaba Albert Hammond en aquellos felices años setenta, sino a ese otro millonésimo fragmento de la Cruz por excelencia: la Vera Cruz. Y de aquí, a la mistérica sierra de la Demanda –por supuesto, del Santo Grial-, un paso. O dos, o tres, o quizás algunos más. Pero siempre, como ya se ha dicho, alimento para el peregrino. Porque no olvidemos, que aunque ahora no lo parezca, antiguamente, también por aquí pasaba ese Camino de las Estrellas, donde el peregrino –hatillo en hombro, bordón y vieiras tintineando como campanillas-, iba de oca en oca; de mito en mito o de arquetipo en arquetipo.

La última vez que el que suscribe estuvo en Omeñaca, fue el día de esa Tanith diminuta, siempre anclada a ese barco de piedra, que en el fondo no deja de ser la columna. Y lo hizo, en compañía de un gran Maestro: el Magister Alkaest. Y es que, como dice el refrán: el que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija.

(1) Álvaro Cunqueiro: 'Los otros caminos' (selección de César Antonio Molina), Tusquets Editores, S.A., 2ª edición, Barcelona, julio de 2004, página 37.
(2) Extracto sacado de la introducción a la biografía de Ibo Alfaro. Bravo Vega, Julián (editor), 2001, Manuel Ibo Alfaro. Cuentos tradicionales y fantásticos. Universidad de La Rioja. Servicio de Publicaciones. ISBN 84-953d-5.
(3) Mario Roso de Luna.

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