jueves, 23 de marzo de 2017

Cuenca: el Seminario de Villalba de la Sierra, el Ventano del Diablo y la Ciudad Encantada


Villalba de la Sierra, es un pueblo que se sitúa, aproximadamente, a una veintena de kilómetros de la capital conquense, pudiéndose añadir que su paso es poco menos que obligado para todos aquellos que tengan la intención de dirigirse hacia esos dos grandes hitos de magia natural, que son la Ciudad Encantada y el nacimiento del río Cuervo. De hecho, es precisamente a partir de aquí, cuando el paisaje deja de ser soberanamente solano, un tanto monótono y por defecto lineal, para transformarse en extravagancia gótica, donde dos inigualables canteros –la erosión y un río poblado de multitud de leyendas sobre ninfas y dianas, el Júcar-, se pusieron de acuerdo, hace milenios, para elaborar en silencio, sin prisa pero sin pausa –como requiere toda buena artesanía-, un mundo fantástico en el que quebradas, farallones y singulares desfiladeros semejan, metafórica y comparativamente hablando, templos y catedrales naturales, donde todavía se respira, a poco que se ponga en guardia el olfato, la embriagadora fragancia de infinidad de inciensos que se desparraman por el ambiente en honor a Mater Gaia. Es también, a la salida de Villalba, donde uno se topa, inesperadamente, con un espejismo románico, cuyo aspecto de niña con la carita recién lavá –como diría el cantar, no desde luego el de los cantares de Salomón, pues a la niña de éste ya quedó suficientemente claro que la había tostado el sol, como a nuestra morenina y entrañable rianxeira galega, por citar uno de los múltiples ejemplos de la España anterior a-, le hace dudar sobre una paternidad o denominación de origen medieval, añadas del siglo XII ó XIII y elaborada con las mejores artes de la geometría sagrada de la época; a saber, entre otras muchas: sobriedad, templanza y equilibrio. Difícil resulta, además, dejar atrás el lugar y preguntarse si detrás del nombre –Villa Blanca o Villa Alba- no rondará el fantasma milagroso de alguna ancestral Señora Albina, muchos de cuyos antiguos santuarios se situaban en lugares agrestes pero hermosos y de difícil acceso, como aquél famoso santuario asturiano situado en las montañas de Quirós –de los Quirós, referencias están esas máximas que dicen, a grosso modo, que antes que Dios, los Quirós o aquélla antigua canción de Víctor Manuel, titulada precisamente así, el Quirosanu, con el que la moza de turno no quería bailar, por temor a que con sus madreñes la pudiera mancar-, por caminos donde ya los pastores del Neolítico danzaban al son de los tambores por riscos y desfiladeros de vértigo. Un vértigo parecido, podemos encontrar apenas un kilómetro más adelante, en el mirador conocido como Ventano del Diablo –si bien, el ventano diabólico al que hace referencia, queda alojado en lo más profundo de la depresión y tiene una forma parecida a las curiosas formaciones que han hecho famosa la playa lucense de las Catedrales-, desde donde se puede disfrutar de una hermosa panorámica, si bien el Júcar apenas parece una culebra que deja entrever la plata de sus escamas entre las densas agujas de los pinos.

Invariable, en su magnífica agresividad, el camino continúa en ascenso, salvaguardando montes y quebradas por curvas que en algunos tramos –algo de exageración viene y también va, seamos serios-, semejan cerrarse sobre sí mismas, formando ese ouroboros o cero perfecto con el que en la Edad Media se representaba a Dios. Que haya sido precisamente la mano de Dios o de la Diosa quien modelara la arcilla primigenia de estos pagos imbuidos del fecundo sueño de un fenómeno conocido como paraidolia, realmente importa poco. Importa, eso sí, el efecto –o mejor, el impacto, súbito o prolongado- que tales formas produzcan en cada uno, pues no sería descabellado suponer que el espíritu, o el alma o quizás –manzanazo de Newton en la cabeza, enciéndase la luz- esos doce gramos que el médico echa de menos cuando se produce la muerte cerebral y le confirma el pistoletazo de salida para firmar el certificado de defunción, fuera como un camaleón que en lugar de absorber los colores para camuflarse con el medio, absorbiera las formas y las procesara de una manera totalmente personal que pudiera o no coincidir con las apreciaciones oficiales que tanto gustan desarrollar los guías en los circuitos concertados.

En base a ello, podría decir –y de paso, recomendar la experiencia en solitario-, que lo que más me impresionó de esa Ciudad Encantada, no fueron esos supuestos amantes de Teruel –a los que hay que buscar y rebuscar la perspectiva adecuada para encontrar algo similar a dos labios abarcándose mutuamente para ofrecerse la ternura de un beso, aunque fuera, como diría el Sinuhé el egipcio de Mika Waltari, para que dos solitarios se calentaran en una noche fría por amistad-; o esos navíos anclados en una pradera, cuya popa recuerda aquél otro bajel desde el que el capitán Garfio dirigía las actividades de su tripulación pirata, mientras de reojo atisbaba por la ventanilla buscando señales del terrible cocodrilo que le perseguía como una sombra, amenazando con devorarle entero; o incluso esas curiosas formaciones, semejantes a un huevo eclosionado de esa impresionante criatura extraterrestre que tan mal rato la hiciera pasar a la chica de las braguitas blancas –Sigourny Weaber-, en la película Alien, el octavo pasajero. No, lo que más me impresionó, fue ese impresionante e inesperada formación calcárea a la que se denomina mar de piedra. Y lo hizo, hasta el punto de que todavía hoy, continúo preguntándome qué gigante laboró allí; ¿cómo eran las sandalias del pescador que tiró en él sus redes?.

En fin, esas cosas que se encuentra uno en el Camino.

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