domingo, 7 de diciembre de 2008

Tras los pasos de Bécquer en Veruela

'- Cuando el Moncayo se cubre de nieve, los lobos, arrojados de sus guaridas, bajan en rebaños por su falda, y más de una vez los hemos oído aullar en horroroso concierto, no sólo en los alrededores de la fuente, sino en las mismas calles del lugar; pero no son los lobos los huéspedes más terribles del Moncayo. En sus profundas simas, en sus cumbres solitarias y ásperas, en su hueco seno, viven unos espíritus diabólicos que durante la noche bajan por sus vertientes como un enjambre, y pueblan el vacío y hormiguean en la llanura, y saltan de roca en roca, juegan entre las aguas o se mecen en las desnudas ramas de los árboles...'.
[Gustavo Adolfo Bécquer: 'El Gnomo']

Nigromantes, brujas, doncellas moras encantadas; aparecidos, trasgos, gnomos, espíritus elementales de la naturaleza; dragones y diablos...elementos todos ellos que constituyen una riqueza folklórica insuperable, y que esconden extrañas claves. No resulta extraño, por tanto, pensar que -no obstante su terrible enfermedad y los extraordinarios esfuerzos de su hermano Valeriano por mantenerle una temporada reposando en el Monasterio de Veruela- Gustavo Adolfó Bécquer terminara encontrándose como en su propia casa, al menos en cuanto a inspiración se refiere. Tal vez mejor, incluso, porque en ese difícil trance, también su mujer le había abandonado.
Abierto siempre a las fuentes inagotables de la imaginación, se conoce la admiración del poeta por la arquitectura sagrada, y más concretamente por ese estilo artístico tan afín a sus ideales fantásticos: el románico. No puedo por menos que exponer tal afirmación, en la admiración que sentía, por ejemplo, por el monasterio soriano de San Juan de Duero -inspirador de su famosa leyenda 'El Monte de las Ánimas'- hasta el punto de que pasó por su imaginación la idea de comprarlo y proceder a su restauración. Paradójicamente, no ocurría así con la cercana ermita de San Saturio, cuyo estilo barroco, 'churrigueresco' -utilizando sus propias palabras-, no le atraía ni un ápice, pero que también, en sus alrededores, situó otra de sus leyendas más conocidas: 'El Rayo de Luna'.
Es difícil acceder al lugar dondé Bécquer situó ésta leyenda a orillas del viejo Duero, pues tanto lo que se mantiene en pie del antiguo monasterio templario de San Polo, como sus alrededores, son hoy día propiedad privada.
No se puede intentar acercarse a Bécquer y la fascinación que sus rimas y leyendas han producido en generaciones de lectores, sin acercarse a esas fuentes primordiales que caracterizaron una época y unas creencias, donde cualquier cosa, por fantástica que fuera, adquiría auténticos visos de realidad: la Edad Media.
Es en esa época, considerada por muchos como oscura y bárbara, donde multitud de creencias y mitos surgen de las cenizas del tiempo -como el ave fénix- para recuperar, si no todo, al menos una considerable parte del esplendor que tuvieron en el mundo antiguo.
Seres fabulosos, como los grifos, los dragones, las arpías o las sirenas, resucitan en los capiteles de los claustros de los monasterios y de las iglesias románicas, como una supernova simbólica que actualmente, y en la mayoría de los casos se nos escapa, pero que por aquél entonces se interpretaba, se aceptaba y lo que es más importante, se comprendía.
El Verbo hecho Piedra. O mejor dicho, la piedra hablando a través de los símbolos cincelados con desigual destreza por los maestros canteros y dedicados a una sociedad analfabeta, que en su mayoría comprendía el mensaje y adquiría -de una manera comparativa, por supuesto- esos estudios básicos que hoy día conformarían, digámoslo así, los estudios básicos o el graduado escolar del pueblo llano.
Fue en ésta época precisamente, realizando los interminables cursos de la denominada entonces 'Educación General Básica' -hoy día la denominan, curiosamente, 'ESO'-, cuando conocí a Gustavo Adolfo Bécquer. Me lo presentó un profesor menudo, de cabello blanquigris cortado al uno, que le hacía una especie de pico sobre la frente y le confería el aspecto de un búho; utilizaba unas gafas de cristal grueso, parecido al culo de las botellas y un audífono sobresalía de su oreja, manteniéndose conectado a su oído derecho. Su nombre: Señor Montes. Su ocupación -una vez vencido y desarmado el ejército rojo- profesor de Lengua y Literatura. Por supuesto, hablo de los años setenta, pues en aquellos otros inmediatos y posteriores a la Guerra, poco podía ejercer el pobre hombre.
Incluyo éste apóstrofe, porque el Señor Montes participó en la Guerra Civil; y fue en el transcurso de ésta, parapetado en una trinchera, donde un obús estuvo a punto de arrancarle la cabeza de cuajo, aunque, como mal menor, se llevó tan sólo la capacidad de audición de ese lado derecho. Hubiera sido una auténtica pena, desde luego, porque si bien a veces conseguía aburrirnos con sus 'batallitas', tenía una sensibilidad especial, sin duda extraordinaria, para interpretar las rimas de Bécquer y narrar sus leyendas. Dicen que la música amansa a las fieras. Y doy fe de que es verdad, porque las fieras que éramos nosotros, enseguida nos embelesábamos cuando el Señor Montes comenzaba a contarnos cualquiera de las leyendas.
Tanto o más que 'El Monte de las Ánimas', recuerdo que nos gustaba aquélla otra titulada 'La Cruz del Diablo' -¿tal vez esa que se encuentra a la entrada del monasterio de Veruela y hoy día se conoce como 'la cruz de Bécquer'?-. Seguramente, no. Pero da igual. Lo importante es que la narración, en labios del Señor Montes, adquiría pronto tal intensidad, que había momentos en los cuales nos estremecíamos, presintiendo la cercanía del fantasma diabólico del Señor del Segre...
No obstante, este tipo de sensaciones se comprenden mejor en la cercanía del Moncayo, en la actualidad semicubierto de nieve y parcialmente arropado por un halo neblinoso que incrementa, aún más, si cabe, ese aura inmemorial de incertidumbre y misterio que siempre la ha caracterizado.
El monasterio de Veruela, desde donde una de cuyas celdas, Bécquer escribió -entre otras obras- sus famosas cartas, contiene, también, los suficientes elementos mistéricos, como para elevar a estados alterados las percepciones sensoriales, no sólo de un literato romántico, como Bécquer, sino también de cualquier amante del Arte en general.
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